Ante la transición: ¿paciencia prudente o urgencia necesaria?
A más de cien días de la “extracción” de Maduro, los venezolanos demócratas oscilan entre la esperanza y el desencanto. ¿Apresurar el retorno de María Corina Machado y exigir elecciones ya, o confiar en los tiempos del “gobierno tutor”? El dilema entre la urgencia necesaria y la paciencia prudente.
Desde la madrugada del 3 de enero, cuando el silencio de la noche se vio interrumpido por la coreografía de aeronaves estadounidenses que venían a “extraer” —como si se tratara de una pieza dental enferma— al presidente espurio Nicolás Maduro para llevarlo a un pequeño calabozo ubicado en la ciudad de Nueva York, los venezolanos demócratas vivimos oscilando entre la esperanza y el desencanto.
Pasamos, en términos de días o incluso horas, de un estado emocional extremo a otro absolutamente opuesto: de la alegría esperanzada, al creer que la extradición del tirano significaba el inicio del fin del régimen militarista, al desencanto inmediato, cuando escuchamos que, por obra y gracia del espíritu Trump, la nueva jefa encargada del gobierno interino no sería María Corina Machado sino Delcy Rodríguez, la segunda a bordo de la pieza dental extraída.
Pasamos de los accesos de esperanza, al suponer que la transición hacia la democracia era la razón fundamental de la operación militar gringa, a comprobar en la primera rueda de prensa de Trump que la palabra “democracia” no fue mencionada ni una vez, mientras que el término “petróleo” llovía como arroz.
Sin embargo, el ánimo vuelve a subir cuando a los pocos días el secretario de Estado Marco Rubio recupera el tema de la transición, pero aclarando que el plan iba por etapas y antes de llegar al que se supone era el objetivo final, había que lograr, primero, recuperar la economía; segundo, “normalizar” el país; y, entonces sí, se procedería a entrar de lleno en el camino de vuelta a la democracia. Esperanza otra vez, lo escuchamos de Rubio: al proyecto Trump sí le interesa la democracia.
Pero el panorama vuelve al gris de nuevo. Ahora Trump no solo identifica como presidenta legítima a Delcy Rodríguez, la celebra públicamente como una gran colaboradora, sino que va quedando claro que María Corina Machado ha sido relegada para el cargo, puesto que el presidente y su equipo se han convencido de que ella no era la figura para liderar una transición porque “no tenía el suficiente liderazgo que asegurara en el entretanto la normalidad del país”.
Así han sido estos poco más de cien días transcurridos desde el 3 de enero. Un sube y baja emocional. Un “no sabe/no responde” frente al dilema de saber si vamos hacia una transición democrática o simplemente asistimos a una reformulación del poder preexistente. Una duda ardiente entre dos posturas. Una, la de quienes creen que debemos apresurarnos y lograr en términos inmediatos el retorno de María Corina Machado a Venezuela, ejercer presión definitiva —internacional y en las calles del país— para lograr que se convoquen y realicen elecciones libres, con un cronograma electoral con fechas precisas establecidas desde ya, o el tiempo nos derrotará. Dos, la de quienes piensan que estos procesos son generalmente largos y complejos, que no hay que acelerarlos innecesariamente y que se debe confiar en el tempo y los plazos que el gobierno tutor imponga a los dos bandos venezolanos en conflicto.
El dilema es tan evidente que se ha convertido en un tema de debate internacional. Tanto, que el pasado domingo 25 de abril, El País de Madrid, un diario que hasta no hace mucho mantenía una posición poco favorable hacia la resistencia democrática venezolana, publicó un editorial bajo el título “Venezuela sin democracia”, con el sumario: “Sin calendario electoral ni garantías, la incipiente apertura del país corre el peligro de perpetuar el régimen bajo la tutela de Trump”.
Una clara y contundente posición a favor de la “urgencia necesaria” y en contra de la “paciencia prudente”.
“La normalidad puede ser un camino necesario en Venezuela —dice—, pero no el objetivo final, que sigue siendo una democracia con reglas claras. (…) El resto, por más que alivie, es transitorio, y si se prolonga, esta provisionalidad condenaría a los venezolanos a vivir bajo un protectorado de Estados Unidos, sin dirigentes legítimos ni libertades”.
