El santo José Gregorio: entre la paz de los cielos y la batalla política en su tierra
La canonización de José Gregorio Hernández y de Carmen Rendiles fue, a la vez, motivo de júbilo nacional y escenario de la guerra política que desgarra a Venezuela. Entre consignas de “Libertad” en el Vaticano y la disputa por los presos políticos, la fe y el poder volvieron a entrelazarse.
Era inevitable que las dos cosas ocurrieran simultáneamente en un país desgarrado por el poder político. Primero, que los venezolanos todos, creyentes y no, celebráramos, unos con más emoción que otros, el hecho de que el “médico de los pobres”, quien por aclamación nacional espontánea había sido declarado santo milagroso prácticamente desde el día de su muerte en 1919, adquiriera ahora sí la condición de la santidad plena cumpliendo con todos los requisitos que la jerarquía eclesiástica establece como condición.
Y lo segundo, también imposible de impedir, que el acto de canonización se convirtiera en una batalla política. Que durante el más importante acontecimiento religioso del catolicismo mundial dedicado a Venezuela en toda su historia republicana, tanto la resistencia democrática como la tiranía militarista quisieran aprovechar proselitistamente el momento. Y así fue desde un comienzo. La religión y la política, por más esfuerzos por separarlas, han andado siempre entrelazadas.
La resistencia democrática picó adelante. Meses atrás instauró la exigencia, absolutamente cristiana por demás, de convertir las dos santificaciones, la de José Gregorio y la de la madre Rendiles, en un momento oportuno para exigir la liberación de los presos políticos. “No debe haber canonización sin perdón”, fue la consigna. Absolutamente legítima de acuerdo con los cánones del humanismo cristiano. Si nos santificamos, perdonémonos. O perdonen ustedes, los del poder, fue el mensaje.
Pero el régimen, calificado internacionalmente por una buena parte de los países democráticos como un narcoestado, no se dio por enterado de la petición firmada por millares de venezolanos. Ningún preso salió de su calabozo mientras canonizaban a los dos santos. Hubiese sido una puesta en escena emotiva. Bíblica. El Papa en el Vaticano coloca la aureola de santidad a José Gregorio y a Carmen Rendiles y, simultáneamente, en Caracas, el régimen libera a un número importante de presos políticos, en un gesto de piedad y empatía inspirado en las dos nuevas santidades. Pero no ocurrió.
El régimen también se incorporó con entusiasmo a la celebración y envió al Vaticano una delegación multitudinaria, presidida por la alcaldesa del municipio Libertador, Carmen Meléndez, para recibir las bendiciones de los nuevos santos y, sin perder tiempo, pedirle al papa León XIV, y seguramente al propio José Gregorio, para que mediara ante el presidente Trump —un protestante nada creyente en los santos católicos— en el propósito de evitar que continúe con su asedio militar contra el narcotráfico venezolano y el llamado Cartel de los Soles. Pero es muy probable que la jerarquía católica tampoco se haya tomado muy en serio la petición.
De ese modo, la conmovedora, geométrica e imponente pompa eclesiástica, que incorporaba la canonización de otros cinco santos más, quedó marcada, yo no diría que oscurecida, solamente perturbada, por la pugna entre católicos venezolanos que, aunque no están en una confrontación bélica convencional —como la invasión de Rusia a Ucrania, o la guerra civil padecida por años en Siria—, vivimos en un combate permanente por una herida y un abismo entre tiranía y democracia que no nos permite acordar siquiera una tregua para celebrar en comunión que dos de los suyos hayan sido convertidos en santos de la religión que la mayoría en su país profesa.
Los incidentes transmitidos en vivo por la televisión desde Roma son reveladores; las alocuciones posteriores de Maduro también. Recordaban los enfrentamientos en las calles de Caracas al frente del parlamento, o los forcejeos en lo que se llamaba la “esquina caliente” de la Plaza Bolívar.
Mientras un grupo del Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles, una de las máximas creaciones de la democracia bipartidista, culminaba su interpretación del Alma Llanera, la mayoría de los venezolanos presentes en la Capilla no coreaba “Viva Venezuela” o “Dios bendiga a José Gregorio”. Pedían al unísono una consigna única repetida como un salmo: “Libertad, libertad, libertad”.
Ya terminada la ceremonia, un personaje político del régimen presente en la sala, el excanciller Roy Chaderton, era escrachado por grupos iracundos de venezolanos que le pedían al diplomático que se fuera de la casa de Dios porque él era “un Judas corresponsable de que millones de venezolanos hayan tenido que huir de Venezuela”.
La batalla continuó horas después cuando, por la noche, en sus cadenas radioeléctricas, Nicolás Maduro, el presidente espurio, se dedicó a explicarle a la población que el cardenal Baltazar Porras, un pastor brillante y por demás honorable, había sido por largas décadas el gran opositor —el enemigo visible, explicó— a que José Gregorio fuese canonizado.
Además de los conmovedores momentos de la canonización, un mensaje memorable quedó circulando en las redes: las palabras del cardenal Parolin, secretario del Estado Vaticano, en la misa de acción de gracias por los primeros santos venezolanos, pidiendo con palabras proféticas lo que muchos pedimos en lenguaje más mundano.
Citando la Primera Carta del apóstol San Juan (3,14-18), según el Vatican News, recordó que “el que no ama permanece en la muerte” y explicó con vehemencia serena: “Solo así, querida Venezuela, pasará de la muerte a la vida. Solo así, querida Venezuela, tu luz brillará en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía. Si escucharas la palabra del Señor que te llama a abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos (…) generando espacio de convivencia democrática, haciendo prevalecer lo que nos une y no lo que nos divide”.
Ahora, especialmente para los fieles creyentes, solo queda esperar que San José Gregorio y Santa Carmen intercedan para que algún día podamos venerarlos juntos, sin que el odio político nos fracture aún más, incluso dentro de la casa de Dios.
