La esperanza democrática que recorre América Latina
Las elecciones en Bolivia, Ecuador y Chile —limpias, con alternancia y sin fraude— dan motivos para el optimismo democrático en la región. Un recorrido por una América Latina donde el verdadero dilema no es entre izquierdas y derechas, sino entre demócratas y autoritarios.
Las más recientes consultas electorales realizadas en países suramericanos —Bolivia, el 17 de octubre; Ecuador y Chile, el 16 de noviembre— nos dan motivos suficientes para ser optimistas ante el futuro de la democracia en América Latina. El primer hecho a resaltar es que en los tres casos —las elecciones presidenciales en Bolivia, la primera vuelta de las presidenciales en Chile, y el referendo y consulta popular en Ecuador— los eventos electorales se realizaron con absoluta normalidad y los resultados obtenidos fueron aceptados como válidos y transparentes por todas las organizaciones en competencia.
Los tres procesos, además, y este es el segundo hecho a resaltar, fueron favorables, de manera absoluta o relativa, a fuerzas o a posturas que van en contravía a los gobiernos de turno en cada uno de esos países. De manera absoluta en Bolivia y Ecuador. En Bolivia porque fue derrotado el candidato del Movimiento al Socialismo, luego de veinte años de hegemonía absoluta en la jefatura de gobierno, y el triunfo lo obtuvo Rodrigo Paz Zamora, calificado como de centro-derecha. Y en Ecuador, porque todas las propuestas que fueron sometidas a consulta pública por el presidente Noboa, desde la reposición de bases militares extranjeras en su territorio hasta la convocatoria a una Constituyente, recibieron un rechazo rotundo por la mayoría de los votantes.
En Chile, de manera relativa, porque si bien en esta primera vuelta salió triunfante Jeannette Jara, candidata ganadora en las elecciones primarias de los sectores afectos al presidente Boric, su triunfo fue de apenas 3.83 % puntos por encima del candidato Kast, calificado en los medios locales como miembro de la llamada “nueva derecha”. Pero apenas se conocieron los resultados, los otros dos candidatos de derecha, Kaiser —ultraderechista— y Matthei —derecha tradicional—, hicieron pública de inmediato su adhesión a Kast para la segunda vuelta, lo que hace pensar, por una suma aritmética elemental, que las fuerzas de derecha unidas podrían tener garantizado el triunfo en la segunda vuelta que se realizará en diciembre.
Estos resultados, y la ausencia de dudas o reclamos ante los mismos —y esta es la tercera conclusión importante— nos permiten inferir que en los tres casos la institución electoral ha actuado limpiamente, que los gobiernos de turno no han interferido ni manipulado para colocar la balanza a su favor y que, a menos que surjan artimañas de última hora y se irrespete el mandato popular, la democracia sigue su curso sin perturbación alguna.
El lector puede pensar que todo lo que hemos dicho hasta acá no debería asombrarnos porque los tres hechos resaltados son lo propio de las democracias. Pero resulta que para quienes provenimos de países donde la democracia ha sido suprimida hasta nuevo aviso —como en el caso de Nicaragua y Venezuela— que existan elecciones pulcras y alternancia en el gobierno nos parece un milagro. En Nicaragua gobierna de manera autoritaria y continuista, sin alternancia alguna desde el 2006, el sandinismo de Daniel Ortega. Y en Venezuela, el próximo 2026 se cumplirán 27 años ininterrumpidos, más de un cuarto de siglo, de gobierno del llamado “Socialismo del siglo XXI”.
En el caso de Bolivia, los resultados electorales son altamente significativos. Porque en este país, a través de diversas operaciones políticas acertadas y movilizaciones de masas contundentes, la sociedad democrática pudo frenar, en apego a la ley, las ambiciones desesperadas y tercas de Evo Morales por hacerse reelegir presidente violando las normas constitucionales. Ahora la alternancia ha vuelto a Bolivia. Las relaciones rotas con Estados Unidos se han reiniciado con entusiasmo mutuo. El apoyo incondicional a la tiranía de Maduro ha quedado suspendido. La democracia parece retomar un cauce más fluido.
Hay otros resultados electorales que ilustran muy bien la resistencia democrática en América Latina para enfrentar la expansión de los modelos autoritarios de nuevo cuño que Fujimori en el Perú, de derecha, y Chávez en Venezuela, de izquierda, inauguraron en la transición del siglo XX al XXI.
En Argentina, por ejemplo, a pesar del apoyo de los Kirchner al autoritarismo chavista degradado en madurismo, la alternancia se ha conservado, y en las últimas elecciones un outsider histriónico llamado Milei ha provocado un revolcón a la continuidad de la hegemonía política peronista. Y aunque la continuidad kirchnerista se mantuvo entre el 2003 y el 2015, ya se había visto antes interrumpida por el gobierno de Macri entre 2015 y 2019.
Igual en Brasil, donde desde que ganó el Partido de los Trabajadores en 2005, primero con Lula y después con Rousseff, ha habido dos gobiernos opositores, el de Temer y el de Bolsonaro, hasta que ahora Lula da Silva ha regresado al poder. Lula terminó en la cárcel por órdenes de la justicia y cumplió su condena hasta que por vías también legales logró su absolución.
En el Uruguay, la alternancia y la autonomía de poderes ha sido respetada por izquierdas, derechas y centros. Por ejemplo, desde 2005 se han alternado Tabaré Vázquez y Pepe Mujica, del Frente Amplio, de izquierda, con Lacalle Pou, de derecha, y luego el retorno del Frente Amplio con Yamandú Orsi, sin que el hilo constitucional se altere.
Esto confirma la tesis de que el dilema para el mantenimiento de la democracia de América Latina no es entre izquierdas y derechas, que son opciones necesarias, sino entre izquierdas y derechas autoritarias e izquierdas y derechas democráticas.
Visto panorámicamente, Paraguay incluido, en Suramérica solo nos quedan dos dolores crónicos. Una tragedia, la venezolana del poschavismo, que más que tragedia es un apocalipsis cuya caída la mayoría de la población espera ansiosamente. Y una amenaza, la del retorno de Colombia a la violencia de décadas atrás, que nadie sabe si la sociedad democrática logrará contener o el país se convertirá, de nuevo, en un río de sangre, secuestros, extorsiones, actos terroristas. Una herida viva que no solo no se ha curado, sino que todo apunta a que podría volver a sangrar.
En todo caso, la esperanza es que los modelos autoritarios como Cuba, Nicaragua y Venezuela sean cada vez más excepcionales y que la convivencia democrática sea la regla.
