Colombia y las nuevas migraciones

Tulio Hernández

El anuncio oficial del arribo a Colombia de cuatro mil refugiados afganos ha suscitado variadas reacciones en la opinión pública. Desde las que formula la dirigencia política, a favor o en contra, hasta las que van poblando el imaginario colectivo a través de las redes sociales. Saturadas de humor, unas. O expresando miedos profundos de la población, otras.
Los temores son diversos. Que entre los refugiados elegidos —afganos que se supone colaboraron con las fuerzas de ocupación occidentales— se infiltren terroristas musulmanes que puedan cometer atentados en el país. Que el apoyo del gobierno al refugio sea un acto más de sumisión a las decisiones de Estados Unidos. O, incluso, en los menos informados, que los afganos vengan a imponer creencias religiosas y prácticas culturales ajenas a las colombianas como, por ejemplo, obligar a las mujeres al uso el uso del burka. Hay de todo.
Pero cualquiera que sea el punto de vista en juego, lo cierto es que en una década, Colombia ha pasado de ser uno de los países más endogámicos de América Latina —que junto a Paraguay y Haití tenía el mas bajo porcentajes de extranjeros en sus censos poblacionales— a convertirse en un país receptor de migraciones y migrantes que por miles, ya sea en condición de tránsito hacia Estados Unidos o Suramérica o decididos a convertirse en residentes, lo eligen como destino.
Sin contar el no menos importante de los desplazados internos, son cuatro fenómenos migratorios que confluyen. Primero —mayoritario— el de los venezolanos que huyen del apocalipsis creado por el socialismo del siglo XXI: unos vienen a quedarse, otros atraviesan el territorio y salen por Nariño camino del Sur. Segundo, los haitianos, cubanos y africanos que por miles —luego de atravesar Brasil o Chile, pasando por Bolivia y Perú, o por Ecuador— arriban intentando atravesar luego el Tapón del Darién para llegar a Panamá y seguir camino a Estados Unidos. Los vemos atrapados en el Urabá, sin techo, comida ni pasajes para continuar, creando nuevos paisajes calamitosos que se agregan a los ya existentes en la región.
Tercero, los colombianos retornados de Venezuela, una migración muy particular que según cifras oficiales ya arriba al medio millón de ciudadanos que vuelven, ahora con dos nacionalidades. Y cuarto, la nueva movilización de los afganos que representan una cifra menor, una migración controlada por el gobierno y —se supone— en condiciones temporales mientras Estados Unidos ordena la recepción en su territorio.

Son fenómenos inesperados e ineludibles que no tienen respuestas fáciles, que hasta hoy los gobiernos de Santos y Duque han logrado manejar con eficiencia y que en su respuesta han mostrado un rostro generoso y responsable de la sociedad colombiana. Pero también han movilizado posturas nacionalistas y xenófobas que podrían incrementarse con la llegada de migrantes de nuevas nacionalidades y culturas diferentes. Son cuatro fenómenos que, sin lugar a duda, formarán parte central del debate para las elecciones presidenciales del próximo año.
Como Estados Unidos, Canadá, Europa occidental, Turquía, Australia y, en otros tiempos, Venezuela, Colombia ha ingresado al club internacional de países que tienen que aprender a lidiar con las migraciones masivas. Un fenómeno que se hace cada vez más frecuente y numeroso a consecuencia de Estado fallidos, como el venezolano o el cubano; guerras civiles, como la siria; amenazas totalitarias, como la de los talibanes en Afganistán; economías carenciales, como las de Centro América y catástrofes naturales como los terremotos de Haití.
Las cifras del nuevo escenario mundial creado por las migraciones, en su mayoría aportadas por organismos como Acnur, son por demás elocuentes. Para el año 1975 se contabilizaban en todo el planeta 75 millones de migrantes. Veinte y cinco años después, en el año 2000, el monto se elevó a 150 millones, y, en el presente, 2021, poco más de dos décadas después, se calcula que ya remontamos a los 270 millones.
De ese total, unos 72 millones son personas desplazadas a la fuerza, 26 millones tienen la condición de refugiados y casi 4 millones son solicitantes de asilo. Todas estas cifras se verán alteradas —aumentadas es la palabra correcta— por la migración masiva que ya comenzó en Afganistán. Y, ahora que ya no se vislumbran cambios de poder, por las nuevas oleadas que se prevén partirán de ambos países una vez que se verifique el nuevo simulacro electoral de los rojos en Venezuela y el control férreo por parte de las fuerzas de seguridad de los levantamientos en Cuba.
Cualquier agenda de futuro en Occidente, a donde se dirige la mayoría de las migraciones del Medio Oriente, Asia y África, más sus propias movilizaciones internas —las del occidente pobre hacia el desarrollado— pasa por considerar como una variable de este fenómeno masivo de movilidad humana. Cualquier agenda colombiana, ahora que el país se hizo destino migratorio, también.

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